No hace ni una semana que la violencia machista se cobraba la vida de Blanca Esther, vecina de Burlada. Hoy de nuevo una arista del sistema patriarcal vuelve a asomar en nuestra ciudad, esta vez en el campo de fútbol de Osasuna. La publicación de una fotografía acerca de una de las pancartas portada y colocada por los aficionados del equipo visitante en uno de los graderíos del Sadar viene acaparando la atención de los medios desde las últimas horas, y no es para menos. Sobre un fondo rojo y blanco podemos distinguir claramente unas letras negras que vienen a conformar la palabra “GORDO”; seudónimo utilizado para hacer referencia a uno de los condenados a prisión provisional hasta la conclusión del juicio acerca de la conocida múltiple violación cometida estos últimos Sanfermines. No satisfechos con ello, además hemos conocido cómo también han utilizado las redes sociales para dedicar la victoria de su equipo a este mismo sujeto, pidiendo su liberación. El estupor, la rabia y la indignación brotan de una forma tan inmediata, como lo hace el siguiente interrogante: ¿Cómo es posible que una pancarta contenedora de un mensaje revigorizando la figura de quién participó en semejante agresión logre ser introducida con tal impunidad a un campo de fútbol?

La libertad de expresión en los espectáculos deportivos españoles ha sido objeto de restricción no en escasas ocasiones, para servir al legítimo fin de evitar “llamamientos” a la violencia y discriminaciones por diferente origen. La exposición de motivos de la Ley contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte señala que el fenómeno de la violencia en el deporte en nuestra sociedad es un fenómeno complejo que supera el ámbito propiamente deportivo y obliga a las instituciones públicas a adoptar medidas que fomenten la prevención e incidan en el control cuando no en la sanción de los comportamientos violentos. Sin embargo, no podemos obviar cómo esta misma legislación ha sido no en pocas ocasiones objeto de flexibilización de cara a lograr abarcar diferentes manifestaciones ideológicas bajo el pretexto del incentivo a la violencia que llevan aparejadas. Y esta situación ha sido especialmente reiterativa en territorios caracterizados por su diversidad ideológica, como son Navarra, Euskadi y Cataluña. De hecho, a mediados de esta misma semana conocíamos una sentencia del Tribunal Contencioso Administrativo Nº3 de Pamplona anulando una sanción – multa de 3.000 euros y prohibición de entrar durante 6 meses a ningún recinto deportivo – que en septiembre de 2014 la Policía española impuso a un aficionado de Osasuna por introducir una bandera “pro – presos” en el Sadar y vestir una camiseta con el Arrano Beltza dibujado en la misma. La Policía, que no tardó en detectar ni identificar estos símbolos a pesar del numeroso grupo de aficionados, impuso al joven la correspondiente sanción en atención al incentivo a la violencia que implicaba su exhibición.

Las diferencias con respecto a lo sucedido en el día de hoy soy sustanciales y dignas de ser resaltadas por las preocupantes conclusiones que arrojan. A diferencia del caso expuesto, hoy ninguna persona responsable de la seguridad del estadio parece haber advertido signo alguno de violencia en el mensaje trasmitido a través de la palabra “GORDO”. Es aterradora la libertad con la que estos aficionados -seguramente motivadas por la firme convicción de que su conducta tenía escasas posibilidades de haber recibido reproche alguno – han logrado entrar, colocar, exhibir y mantener a lo largo de todo el partido esta pancarta. No son escasas las veces en que el deporte se ha convertido en escenario de múltiples manifestaciones machistas: muchas mujeres han sido víctimas de insultos y desprecios cuestionando su valía deportiva y, por supuesto, atentando contra su dignidad personal. Los valores patriarcales encuentran pleno acomodo en el fútbol como deporte y – dicho sea de paso – como elemento que tan fuerte arraigo tiene en nuestra sociedad. Esto hace totalmente incomprensible la falta de diligencia mostrada hoy en el Sadar, salvo que lleguemos a admitir una vez más el segundo plano que la lucha contra la violencia machista sigue ocupando en la toma de decisiones y elaboración de políticas de toda índole. Es absolutamente inadmisible que unas letras aludiendo a ensalzar la figura de un sujeto que está siendo objeto de un procedimiento judicial por la comisión de un delito contra la libertad sexual hubieran permanecido los noventa minutos expuestas ante todo el estadio, mientras sus enorgullecidos aficionados atendían tranquilamente a la sucesión del partido. Ni la pancarta debió entrar, ni debió permanecer intacta, sin reproche, sanción ni llamada de atención alguna, a lo largo de todo el partido. La sensación de impunidad con la que estas personas llevan a cabo estos actos vuelve a venir acompañada de la demagogia habitual con la que se construye las nociones de violencia y terrorismo. Hasta que no haya un efectivo y eficaz reconocimiento de la violencia machista como cuestión de Estado, como lacra que cosifica, oprime, niega, aniquila a la mujer y la convierte en objeto de violencia sistemática ejercida contra ella , seguiremos asistiendo a toda esta serie de aberrantes actos implícitamente legitimados y sostenidos por el sistema patriarcal. Es inevitable realizar una comparativa con otro tipo de cuestiones en la que – en estas sí – existe un férreo compromiso por parte de los poderes públicos en cuanto a su control. Como ha publicado nuestra Secretaria General, Laura Pérez, en su cuenta en Twitter: ¿El enaltecimiento de un presunto violador no es apología del terrorismo machista?¿Qué dirá, esta vez, la Audiencia Nacional?

Firma: Consejo Ciudadano de Navarra y Consejo Ciudadano de Pamplona

Foto Diario de Noticias