Cada vez que Juan Rosell abre la boca, sube el pan. Literalmente, de verdad. Porque el pan también aumenta de precio conforme bajan los salarios más bajos, que son los que más bajan siempre; cuando aumentan las tasas de desempleo porque cada vez es más fácil y más barato despedir, y cuando al mismo tiempo también se degradan de forma programada los servicios públicos y se dinamitan los sistemas de cobertura y protección social, aumentando así las personas y los hogares sin ingresos. El precio del pan también sube mucho cuando con una raquítica pensión se ha de mantener a tres generaciones de una misma familia. Sí, el pan no para de subir de precio para muchas y muchos últimamente.

Rosell hace que suba el pan, pero no es panadero, o si lo es, no es un panadero cualquiera. Es el Capo di Capi y portavoz de una élite que mientras pasa todo lo anterior, mientras la mayoría de la población se va empobreciendo, muy bien nutrida, aseada, perfumada y enjoyada, esa élite se está enriqueciendo más y más, a costa de los demás, hasta los límites más obscenos de la opulencia que alcanzaron ya mucho tiempo atrás (y muchas veces por herencia). Una minoría poderosa instalada en la cima de un sistema político, económico y social aberrante, que gobierna dictatorialmente -haciendo y deshaciendo a su antojo- sobre el conjunto de una ciudadanía bastante pasmada en su mayoría, que no acaba de reaccionar ante las barrabasadas de una clase política indecente que no le representa, sino que sirve sin pudor a sus poderosos pagadores.

Contraponiendo su posición de “éxito” personal a las penurias de los demás, se permiten aleccionarnos a todas y todos con sus fórmulas para el “buen funcionamiento” económico y social. Y así Rosell, en nombre de sus amigas y amigos poderosos, lanza en estos días su última perla, que consiste en decir que tener un empleo estable y para siempre es cosa del SXIX, que la gente ha de acostumbrarse a la temporalidad de su trabajo y ganarse éste día a día con mucho esfuerzo y demostrando su competitividad.

Por un lado dicen que los salarios han de subir en estos dos próximos años, aunque muy moderadamente, para impulsar los consumos y activar así la economía (como si solo se pudiera activar la economía aumentando los consumos…), pero luego defienden la temporalidad de los empleos, que es la mejor manera de no tener unas plantillas de trabajadoras y trabajadores estables y organizadas con las que tener que negociar unos salarios decentes. La mejor manera para consolidar la precariedad de todas las condiciones laborales. La mejor manera para mantener los indecentes beneficios de las y los poderosos, sobre la más indecente explotación de la gente que trabaja para ganarse honestamente la vida y el sustento personal y de sus familias.

La competitividad en última instancia es guerra. Y la guerra siempre acarrea penurias y muerte para la mayoría, proporcionando el enriquecimiento de las mafias y los traficantes, de armas o, en el caso que nos ocupa, de empleo. Así, el jefe de los empresarios pasa a convertirse en señor de la guerra. La competitividad-guerra le interesa. A las y los demás no nos interesa ni nos ha interesado nunca ni la guerra ni la competitividad, su preludio. No nos interesa la competitividad, no nos interesa organizar nuestra sociedad y nuestra vida como si ésta fuera una competición. Porque cuando se compite, siempre se busca ganar, y esto ocurre necesariamente a costa de que otros y otras pierdan. No queremos una sociedad con un modelo organizativo darwinista en el que prevalezca la supremacía de las minorías más fuertes, generador, como efecto colateral, de una mayoría de perdedores.

Las reglas del juego competitivo que han desarrollado señores de la guerra como Rosell, en los que el pez gordo se come siempre al chico, no nos interesan. Pero, además, tampoco se sostienen a medio plazo, incluso desde planteamientos desarrollistas como los que él defiende. Basta mirar la realidad para ver un panorama bochornoso: La esquilmación de recursos cada vez más escasos y las guerras que tratamos de mantener lejos se nos acercan en forma de migraciones y refugiados, invasión que se nos presenta como amenazante y que procuramos contener con vallas, ejércitos y policías. A menor escala, al interior de nuestras sociedades también el incremento de las desigualdades y el malestar necesita cada vez de mayores medidas securitarias. ¿Es más rentable invertir en seguridad que en bienestar social? Desde luego no lo es ara la mayoría de la sociedad y, en la medida en que las cosas sigan desarrollándose en la dirección en que lo hacen no lo será para nadie.

Abogamos por una sociedad competente, solidaria y comprometida con el bienestar de todas y todos. Una sociedad que entienda que cuando las cosas escasean lo más inteligente para el común es repartirlas. Una sociedad que busque el empate colaborativo en el que todas las personas ganemos. Defendemos pues el reparto del trabajo, de los recursos y de la riqueza, mirando además más allá de nuestras fronteras. Queremos un modelo de reparto, pensado para la satisfacción de las necesidades y en la calidad de vida no reducida a los niveles de consumo.

Nos sobran pues, los “Roselles” y todas las mafias de la falsa y ficticia economía especulativa que gobiernan actualmente el mundo, y sus continuas declaraciones de guerra. Las y los trabajadores debemos dejar de enfrentarnos entre nosotras y nosotros mismos, identificar a las y los señores de la guerra que se lucran con nuestra miseria para desterrarlos de cualquier posición de poder.

La pobreza no es el problema; el problema es la riqueza, lo superfluo y la megalomanía al servicio del beneficio privado. El problema es la incapacidad de nuestra sociedad para consensuar un sistema productivo, económico y social más justo y equitativo en el reparto de la riqueza y los esfuerzos. La única dificultad que tendremos en este objetivo es la que tengamos para conseguir entendernos entre nosotras y nosotros mismos.

Carlos Couso Chamarro

Parlamentario de Podemos Ahal-Dugu