Escucho las críticas y condenas al principio de acuerdo entre la Unión Europea y Turquía, que ampara la deportación de personas solicitantes de asilo a Turquía y, posiblemente, desde allí a sus países de origen, el mismo día que visito Lesbos.

Decenas de organizaciones de defensa de los Derechos Humanos, como CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado) o Amnistía Internacional, han advertido de que esta decisión vulnera los tratados internacionales y la legalidad europea, como el principio de non refoulement. Esa legalidad que hemos asumido como parte del trato a la hora de formar parte de Europa. Esa que las ciudadanías de los distintos países miembros se han dado a sí mismas para construir un proyecto común, basado en el respeto a los Derechos Humanos y la solidaridad.

Existe, en mi opinión, un imaginario social que nos lleva a pensar que de un modo u otro finalmente la Comisión Europea y los Estados miembros entrarán en razón, abrirán por fin los ojos y actuarán ante una crisis humanitaria que no ha hecho sino evidenciar algo que ya sabíamos, que nuestro sistema común de asilo europeo hace aguas por todas partes. Sin embargo, la Unión Europea camina con paso firme y decidido hacia el abismo de la insolidaridad, la desigualdad, la exclusión y la muerte.

Este acuerdo es un paso en un camino marcado de antemano. Quieren convertir a Turquía en el nuevo Marruecos, y a Grecia, con su Gobierno valiente al frente, en la nueva Melilla. Quieren externalizar aún más las fronteras europeas en una táctica antigua pero eficaz: lo que no se ve no existe.

Y es que al igual que la doctrina económica de la austeridad, que nos ha llevado al desastre, la doctrina en política migratoria y de asilo es presentada como incuestionable. El mensaje que se lanza entre líneas es inequívoco: que no entre nadie. Consignas racistas, neocoloniales y xenófobas recorren Europa. Recordemos al secretario belga de Asilo y Migración instando al Ministro griego de Migración a saltarse la ley y a empujar a los refugiados hacia atrás, aunque eso implicase ahogamientos.

Y recurrentemente Europa encuentra un único culpable: Grecia. Culpable de haber cuestionado las políticas austericidas y culpable ahora de actuar con humanidad, de rescatar a personas a punto de ahogarse en alta mar. No obstante, Grecia tiene que saber que no está sola. El chantaje al que está sometida, la amenaza de convertirla en un país más allá de las fronteras Schëngen, como Ceuta y Melilla, es poderoso. Especialmente en una Europa profundamente autorreferente, que todavía se tapa los ojos y oídos para no reconocer su pasado colonial y sus privilegios construidos sobre la explotación de otros pueblos.

Sigo toda esta sinrazón desde Lesbos, mientras conozco el campo de refugiados que activistas de diferentes organizaciones han puesto en marcha enfrente del centro de identificación de personas refugiadas y migrantes de Moria, uno de los llamados hotspots. Ese hotspot donde la controvertida Frontex está formando a la policía griega en identificación de perfiles entre las personas que llegan a la isla.

En mi opinión, pocos lugares en el mundo evidencian con tanta crudeza dos mundos que se miran pero que apenas se tocan. El mundo de los más, que acomodan a las personas refugiadas en tiendas de campaña colocadas sobre chalecos salvavidas para que el suelo sea mullido; que articulan, en medio de la precariedad y el frío, un espacio para tomar té; que acogen a los expulsados y expulsadas por el sistema: las personas de Bangladesh, Nepal, Eritrea… Y el mundo de los menos, que te coloca una pulsera identificativa al llegar (A o B), y determina en una entrevista de apenas quince minutos quién eres, de qué nacionalidad y tu grado de vulnerabilidad. Solo el primer paso para categorizarte y, si es posible, deportarte. El problema es que los menos siguen articulando las políticas que determinan las vidas de los más.

El abismo entre dos mundos, separados por apenas unos metros, es profundo y se enraiza en dos lógicas que están en constante disputa en la Europa actual. Los centros de identificación, como el de Moria, aplican una lógica de control. No estamos ante personas refugiadas cuyos derechos debemos proteger, sino ante sujetos a controlar. Enfrente: la Europa de los pueblos. Esa que clama“welcome refugees” y entiende que las personas tienen derecho a buscar una vida mejor, a huir de la guerra, la miseria o la persecución. Esa que defiende los derechos humanos.

Lesvos se ha convertido en un delicado ecosistema fronterizo donde el más mínimo cambio en las políticas migratorias tiene un efecto devastador, como el reciente cierre de la frontera entre Grecia y Macedonia, la tristemente famosa Idomeni. Miles de personas permanecen en esta isla griega a la espera de conseguir un ticket (que pagan ellos mismos) para el ferry a Atenas. Los campos de refugiados en Lesvos y en el continente están llenos, y la ansiedad y la tristeza de no saber qué ocurrirá se suman a la tragedia ya vivida de las personas refugiadas.

El drama de las imágenes, las sobrecogedoras historias personas de las personas que llegan y de las que no llegan, y también las ganas irrefrenables de “hacer algo” no pueden hacernos olvidar una cuestión fundamental: este drama podría terminar mañana si quienes toman las decisiones políticas tuvieran la voluntad necesaria.

En primer lugar sería fundamental, como reclamaron miles de personas en las calles de toda Europa el pasado 27 de febrero, articular vías legales y seguras de entrada en Europa que evitaran que las personas refugiadas y migrantes tuvieran que tomar rutas cada vez más peligrosas y que las mafias se hicieran de oro.

En segundo lugar, necesitamos abandonar el sistema de cuotas que a todas luces no está funcionando y trabajar activamente por reforzar los sistemas de asilo ineficaces como el español.

Por último, es imprescindible que Europa y nuestro país cambien el enfoque de relaciones internacionales. Mientras sigamos sembrando guerra, vendiendo armas, financiando regímenes totalitarios, etcétera, las personas tendrán que huir de sus países de origen, tendrán que buscar una vida mejor en cualquier parte, les dejemos o no.