El tan mencionado acuerdo programático para el Gobierno de Navarra ha cumplido un año desde su firma y creemos conveniente una pequeña reflexión sobre su contenido y alcance en el momento actual.

Es evidente que en la pasada legislatura se produjo la situación de que un gobierno en minoría, con una evidente incapacidad política y salpicado de escándalos éticos y de gestión, tuvo enfrente a una mayoría parlamentaria que se puso a legislar en un sentido ideológico contrario al grupo que sustentaba el Gobierno, que adoptó entonces la estrategia de ir recurriendo Ley tras Ley, la mayoría con un contenido social acorde con lo que la ciudadanía estaba demandando en la calle, ante un Tribunal Constitucional que en el mejor de los casos sestea en su papel de protector de los derechos fundamentales y en el peor actúa como correa de transmisión del Gobierno de turno que se ocupa de gestionar una cómoda mayoría que no le dé mayores sobresaltos en la interpretación de la ortodoxia.

En esa situación en la que la bilateralidad con el Estado había perdido toda base teórica y práctica, la fuerza gubernamental repetía por boca de sus portavoces la existencia de una “coordinadora del no”, incapaz de articular propuestas en positivo frente a un ejercicio del poder cuya legitimidad no era democrática sino ontológica. En esto llegaron las elecciones y con ellas la obligación de formar un Gobierno de cambio tanto para las fuerzas que habían tejido complicidades en la acción parlamentaria, como para aquellas otras como Podemos Ahal Dugu, que veníamos de ser fuerzas extraparlamentarias si bien con una pujanza extraordinaria que nos había permitido sacar siete representantes y convertirnos en un actor imprescindible para el nuevo tiempo.

No tuvimos problemas en incorporarnos a la voluntad general de consenso ni tampoco quisimos sustraernos a la aportación de ideas nuevas y puntos de vista diferentes a los tradicionales en la política navarra que enriquecían sin duda lo que la decidida voluntad política determinaba en llevar hacia adelante. Esa voluntad política de acuerdo y consenso, que en otros ámbitos se nos niega, fue ejercida con responsabilidad y lealtad en las más de seis mesas de negociación sectorial y en la mesa general que se arbitraron y donde se redactaba punto por punto, término por término cada frase y cada idea, de tal manera que durante el mes y medio que duró la tarea de comparar programas, descartar lo imposible, limar los puntos de desacuerdo, explicarnos lo que queríamos decir y también, por qué no decirlo, discutir sobre opciones, se fue forjando una complicidad y un conocimiento compartido imprescindible para abordar luego la tarea de sostener un Gobierno.

Tenemos que resaltar que el hecho de subrayar los desacuerdos y el hecho de establecer un procedimiento de seguimiento fue un ejercicio de transparencia que evitó dudas y especulaciones desde el principio. El acuerdo no gustó a quienes se quedaron fuera voluntariamente ni a quienes nunca pensaron que fuera posible. El Gobierno encargado de concretar las palabras en hechos disponía así de una auténtica guía, de un programa compartido que cristalizó después en acciones en los diferentes departamentos y en los cronogramas y prioridades de los mismos, con una relación bastante fluida entre algunas consejerías y los miembros de cada grupo que se ocupaban de las respectivas comisiones.

La democracia es esfuerzo. Supone hablar, acordar, debatir, arbitrar mecanismos de solución a los problemas de la ciudadanía. Sin duda es más cómodo dictar órdenes desde un despacho y no tener que “perder el tiempo” en rendir cuentas, salvo las que estrictamente obliga el reglamento. Hay que resaltar el valor que el ejemplo navarro tiene en épocas en que las mayorías absolutas se antojan imposibles. Por citar algunas sombras hay que decir que desde Podemos Ahal-Dugu no vemos tan rápido algunas transformaciones como nos hubiera gustado. Sin duda es difícil cambiar el paso después de más de dos décadas de Gobierno monopolizado por una sola fuerza. Y ejemplos sobran. Pero echamos en falta algunas acciones más decididas y valentía a la hora de encarar los retos que tenemos por delante.

El acuerdo fue fruto de una ilusión compartida, y esa ilusión debe renovarse y mimarse en el día a día para que se demuestre que la navarra plural y abierta que lo hizo posible sigue apostando por él desde la calle sin vuelta atrás ni con cesiones a las trampas, identitarias y de otras clases en la que una oposición sin concesiones quiere arrinconar los discursos. Ha pasado un año. Un año ya en el que pudimos ponernos de acuerdo. Y es lógico que quienes estuvimos allí nos podamos sentir identificados con lo que se hizo. Pero no caigamos en la autocomplacencia ni en la inacción. La Navarra posible nos espera y por ella debemos seguir trabajando e innovando todos los días. No perdamos el tiempo.

Eduardo Santos- diputado de Unidos Podemos